El General Alvarado y la camilla que salvó la vida de San Martín
Luego de la victoria de Maipú (5-4-1818), batalla que aseguró la independencia de Chile, el General San Martín partió a Buenos Aires el 13 de abril de 1818. El objetivo era buscar el apoyo político y económico del gobierno de las Provincias Unidas para emprender la campaña del Perú, misión que consideraba fundamental en la lucha por la independencia de América del Sur. Arribó a destino el 6 de mayo e ingresó a la ciudad subrepticiamente para evitar la entrada triunfal que le había preparado el gobierno y la Logia Lautaro. Pero aun así, el Libertador fue muy agasajado por la reciente victoria de Maipú y por supuesto, no faltaron los honores civiles, militares y de casi todas autoridades de las ciudades de las Provincias Unidas. Una vez aplacados los cumplidos, el General puso de manifiesto las razones de su presencia en Buenos Aires: la obtención de fondos para concretar el Plan Continental, donde como sabemos, una de las piezas principales era el gobernador de Salta, don Martin Miguel de Güemes.
Pero pese a su urgencia de llevar adelante la expedición al Perú, San Martín recién logró reunirse con el director Pueyrredón, sus ministros de estados y principales miembros de la Logia Lautaro, en los primeros días de julio. De esa reunión celebrada en una quinta de las afuera de la ciudad, se resolvió por unanimidad otorgarle al Ejército de los Andes la suma de 500.000 pesos plata. Concluida la gestión por la cual había bajado hasta Buenos Aires, de inmediato San Martín marchó a Mendoza arribando a fines de julio.
Pero el optimismo que portaba el Libertador duró poco: el Director Supremo (Pueyrredón) le comunicó que le resultaba imposible cumplir el compromiso dinerario contraído y que se tendría que arreglar con solo un tercio de lo convenido. Y confidencialmente agregó: “Ya habrá visto lo que le digo sobre los 500.000 pesos: no hay remedio, no se sacan de aquí aunque se llenen las cárceles de capitalistas”.
La denegación de los fondos prometidos fue un durísimo golpe tanto para el ánimo como para la salud del General. Y al respecto dice Mitre: “Después de cuatro años de trabajo, de operaciones admirables y victorias nunca vistas ni soñadas en el Nuevo Mundo, contaba de seguro que el plan a que había consagrado su vida iba a realizarse, y en ese momento todo le falla por carencia de un montón de oro…”.
La renuncia
Como es de imaginar, el disgusto de San Martín fue tremendo y a poco repercutió en su físico pues padecía de úlcera gástrica, pero aun enfermo, su respuesta no se hizo esperar: “Creo de mi deber –dice el Libertador- exponer que, si el Ejército de los Andes no es socorrido, no solo no podrá emprender operación alguna, sino que está muy expuesto a su disolución. Resuelto a hacer el sacrificio de mi vida, marchaba a hacerme cargo del Ejército Unido (Argentino-Chileno) no obstante que el facultativo D. Guillermo Colisberry, que también me asistió en el Tucumán, asegura que mi existencia no alcanzará a seis meses; sin embrago, lo arrastraba todo en el supuesto que dicho ejército tendría que operar fuera de Chile; pero, habiendo variado las circunstancias, ruego se sirva admitirme la renuncia que hago del expresado mando. Mis débiles servicios estarán en todo tiempo prontos para la patria en cualquier peligro que se halle”.
De más está decir que la renuncia de San Martín cayó como una bomba en Buenos Aires y en Chile. El duro texto de la renuncia se leyó en el seno de la Logia Lautaro y muchos de sus miembros acusaron al gobierno de “fría apatía” por no cumplir con el compromiso contraído con su acuerdo. Y de igual forma reaccionó el gobierno chileno que ya había aportado su cuota parte para la campaña del Perú. Mitre al respecto dice: “El gobierno quedó aterrado. Aquello era la disolución. La alianza argentino-chilena fallaba; el ejército de los Andes se deshacía; la causa del Rey triunfaba en el Alto y Bajo Perú y dominando la escuadra española el Pacifico….”. Ante semejante reacción, el gobierno atemorizado reaccionó y de inmediato y vaya a saber cómo, el dinero apareció como por arte de magia lo que hizo que San Martin revisara su actitud y de inmediato pasara a organizar la expedición al Perú y liberar América.
“Gravemente enfermo y en medio de las guerras civiles, San Martín cruzó la cordillera de los Andes en camilla para llegar a Chile”.
Pero como dice el criollo, “al perro nunca le faltan pulgas”. A fines de 1818, cuando San Martín se encontraba enteramente abocado a la tarea de organizar la campaña del Perú, Pueyrredón le ordena replegar el Ejército de los Andes rumbo a Buenos Aires para combatir la sublevación de los caudillos de la Mesopotamia (Artigas, López y Ramírez). Como puede, el General argumenta no poder cumplir esa orden, pero los pedidos desesperados de Pueyrredón se suceden hasta que concluye 1818. Pero el año nuevo no cambia las cosas y el 9 de enero de 1819 en San Juan se produce la sorpresiva sublevación del Regimiento 1° de Cazadores de los Andes, lo que significa una nueva y grave preocupación para el General San Martín.
Un amigo menos
En julio de 1819, San Martín se encontraba en su cuartel general de Mendoza muy enfermo y debilitado. El nuevo ataque de úlcera lo tenía al borde de la muerte. Postrado en su cama y enflaquecido, recibe la noticia de la renuncia de Juan Martín de Pueyrredón (19.6.1819) al cargo de Director Supremo. Era un amigo que le había ayudado política y económicamente en la organización del Ejército de los Andes y que acababa de renunciar ante el fracaso en la recuperación de las provincias de la Banda Oriental. En el cargo sucede a Pueyrredón un viejo conocido de Salta, el brigadier José Rondeau con quien y a poco, recrudecen los pedidos del gobierno para que el Ejército de los Andes se dirija a Buenos Aires a combatir los caudillos sublevados. Pero San Martín se niega rotundamente a poner sus tropas al servicio de una guerra civil. Y ante esta circunstancia, el general Rudecindo Alvarado, quien estaba a cargo de la salud del Libertador, le aconseja partir a Chile ante el peligro que existía por la sublevación de los Cazadores a Caballo en San Juan, las presiones de Buenos Aires y además, por su delicado estado de salud que lo tenía postrado y amenazaba seriamente su vida.
Sobre la de salud de San Martín, Bartolomé Mitre dice en su “Historia de San Martín” (Pag.605): “Su estado físico era cada vez más deplorable. Imposibilitado físicamente de atender al mando militar, lo había delegado en Alvarado, y este le ocultaba las comunicaciones que podían agravar su excitación nerviosa. Empero, en ausencia de Alvarado, llegaron a sus manos los oficios que lo instruyeron de la sublevación de Tucumán, y la impresión que esto le produjo, agravó de tal manera sus males, que se llegó a desesperar de su vida”.
El historiador Félix Luna (1925-2009) también se refiere al problema de salud y dice: “A esto se suma en Tucumán la revolución encabezada por Bernabé Aráoz que se declara autónoma, y somete a prisión a su amigo el general don Manuel Belgrano”. (Grandes Protagonistas de la Historia Argentina – “José de San Martín”-Colección dirigida por Félix Luna).
Alvarado y la camilla
“De todos modos y ante el agravamiento de la salud del Libertador –continúa Luna- el general Alvarado encarga reservadamente la construcción de una camilla ligera y cómoda que lo pudiera transportar a través de la cordillera de los Andes. En un principio San Martín se resiste, pero agravada aun más su enfermedad, Alvarado lo convence finalmente del riesgo que corría su vida y es así que una caravana de sesenta granaderos se pone en marcha rumbo a Chile con San Martín en camilla”. Finalmente, aquella riesgosa expedición elucubrada por el general salteño Rudecindo Alvarado y sus oficiales, logra alejar al Libertador de los peligros de la guerra civil y arribar a Santiago de Chile el 14 de enero de 1820, ciudad donde la medicina consiguió aliviar su salud. Meses después, más exactamente el 20 de agosto de 1820, San Martin pudo partir del puerto de Valparaíso (Chile) al frente de su soñada Expedición Libertadora del Perú.

