25 octubre, 2026

El último viaje de Quiroga: una conversación sobre el poder y la muerte

Año del Señor de 1835. El norte argentino es la caja de resonancia de la tensión que el peso del caudillismo federal le impone a esa atmósfera política árida. Estamos en Santiago del Estero y el calor parece detener hasta el movimiento de los animales. En el patio de una antigua casona, unos hombres preparan los caballos de una galera que partirá hacia Buenos Aires.

El aire huele a polvo seco, bosta fresca y humo de leña de jarilla. El sol cae sobre el horizonte tiñéndolo todo de un rojo violáceo que parece presagiar la sangre de las montoneras. A lo lejos, el chasquido constante de los cascos de los caballos y los murmullos sordos de los gauchos que velan las armas marcan la espera.

Vengo en busca de Facundo Quiroga, el hombre que ha hecho de la guerra su oficio y que ahora debía impedir otra guerra, la que latía del desencuentro entre Pablo Latorre, gobernador de Salta y Alejandro Heredía, gobernador de Tucumán. Quiroga viene enviado por el gobierno bonaerense de Manuel Vicente Maza, con el acuerdo y la intervención política de Rosas, para mediar. Pero llega tarde, cuando arriba al norte, Latorre ya ha sido asesinado, el 29 de diciembre de 1834. La mediación quedó desbordada por los acontecimientos.

Un soldado de aspecto harapiento, lanza en ristre, me hace pasar y encuentro a Quiroga sentado en un sillón de vaqueta resecado por el sol, una mesa de madera tosca cubierta por mapas arrugados, una pava de cobre humeante sobre los carbones y un par de pistolas de chispa que descansan junto a una pluma y un tintero. El viento de la tarde sacude la zona con un bramido seco, trayendo consigo el polvo de la zanja y la presencia imponente del caudillo.

Saludo y el hombre apenas refunfuña.Permanece sentado, ligeramente inclinado hacia adelante, con los brazos apoyados en las rodillas y las manos firmes, curtidas por el rebenque y las bridas. No viste el uniforme oficial de gala sino un poncho de vicuña usado, raído en las orillas, pero llevado con la altivez de un monarca de la pampa.

Tiene la tez cobriza, curtida por la intemperie, surcada por arrugas tempranas talladas por el sol implacable de los Llanos y el rigor de las campañas militares. Le enmarca el rostro endurecido la melena y una barba tupida, una marea negra, espesa y encrespada, que guarda rastros del polvo del camino, otorgándole la estampa viva del “Tigre de los Llanos”.

Pero lo más intimidante en Quiroga es su mirada: Ojos oscuros, profundos y felinos que penetran sin parpadear. Hay en su pupila una mezcla arrolladora de cálculo frío, desconfianza atávica y un orgullo indomable. No mira: examina, sopesa y juzga. Su respiración es pausada, pesada, como la de una fiera que descansa pero jamás duerme.

Con un gesto mínimo me invita a sentarme. Siento el peso del silencio antes de articular la primera pregunta. Quiroga no habla; simplemente clava sus ojos y hace un gesto casi imperceptible con la cabeza, concediendo el uso de la palabra.

—General Quiroga, debo confesarle que antes de venir me advirtieron que Usted era un hombre peligroso. Algunos lo llaman con admiración el Tigre de los Llanos. Otros, sencillamente, un bárbaro. ¿Cuál de esas dos descripciones le parece más injusta?

Quiroga levanta lentamente la cabeza. Sus ojos se entrecierran y por primera vez parece interesado en la conversación.

—Las dos vienen de bocas que nunca estuvieron frente a mí en una batalla. Los hombres que escriben desde sus escritorios suelen llamar barbarie a todo aquello que no pueden gobernar. Yo no elegí los tiempos que me tocaron, señor. Pero tampoco me escondí de ellos. Si para defender lo que creo tuve que hacer la guerra, la hice. Y si ahora debo hacer la paz entre Salta y Tucumán; también la haré. Lo que no tolero es que quienes nunca arriesgaron el pellejo pretendan enseñarme lo que es la patria federal.

Hace una pausa y agrega, casi con desprecio:

—Y en cuanto a lo de Tigre… los animales no matan por ideas. Los hombres, sí.

—General, han pasado casi veinticinco años desde el Movimiento de Mayo. Se expulsó al poder español, pero las provincias siguen enfrentándose entre sí. ¿Qué nos ha pasado? ¿Acaso los argentinos sabemos contra quién luchar, pero no sabemos cómo vivir juntos?

—Porque nos hemos quitado de encima al rey, pero todavía hay quienes pretenden ocupar su lugar. Buenos Aires quiere mandar sobre las provincias, y las provincias no hemos hecho una revolución para cambiar un amo por otro. Nos llaman caudillos porque tenemos hombres que nos siguen. ¿Y por qué nos siguen? Porque conocen nuestras caras, porque hemos compartido el hambre, el polvo y las derrotas. Dígame usted, ¿puede gobernarse una provincia desde un escritorio en Buenos Aires sin conocer siquiera sus caminos?

La respuesta me llena de nombres que conocemos hoy, en nuestro estado actual.

—Sin embargo, general, Usted viene al norte enviado por el gobierno de Buenos Aires y con el respaldo de Juan Manuel de Rosas. ¿No encuentra una contradicción entre su defensa de la autonomía provincial y aceptar una misión impulsada desde el mismo poder porteño que Usted cuestiona?

Quiroga se incorpora ligeramente. Por primera vez abandona su postura de aparente indiferencia.

—Confunde usted las cosas, muchacho. Una cosa es Buenos Aires y otra los hombres que la gobiernan. Rosas sabe que las provincias no se someten por decreto. Yo no he venido a conquistar Salta ni Tucumán. He venido a impedir que dos provincias hermanas sigan matándose. Y si para conseguirlo debo hablar con Rosas, con Heredia o con el mismísimo diablo, hablaré.

“Gravemente enfermo y en medio de las guerras civiles, San Martín cruzó la cordillera de los Andes en camilla para llegar a Chile”.

—General, Usted dice que Rosas comprende a las provincias. Sin embargo, hay algo que no termino de entender. Usted reclama una Constitución que organice definitivamente a la República, mientras Rosas se resiste a convocar un Congreso Constituyente. ¿Qué clase de federalismo es ese que proclama la autonomía de las provincias, pero posterga indefinidamente la organización de la Nación?

Quiroga abandona su postura indolente. Se acomoda en el sillón y me observa con una mezcla de sorpresa y aprobación. Parece que, finalmente, hemos comenzado a hablar de política.

—¡Ah! Veo que usted conoce algo más que las historias que cuentan sobre mis lanzas. Rosas sostiene que primero debemos pacificar las provincias y después pensar en una Constitución. Yo digo que mientras no tengamos leyes comunes, seguiremos arreglando nuestras diferencias a sablazos. ¿De qué sirve llamarnos federales si cada provincia debe defender sus derechos con un ejército? Una cosa es gobernar Buenos Aires y otra organizar una República. No hemos peleado contra los unitarios para terminar obedeciendo a un solo federal.

—General, sin embargo, permítame recordarle algo. En 1830 comenzaron las negociaciones que desembocaron en el Pacto Federal de 1831. Aquel acuerdo contemplaba reunir un Congreso General Federativo para organizar el país. Parecía que finalmente estábamos a las puertas de una Constitución. Sin embargo, el Congreso nunca se reunió. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué los propios federales frustraron aquella oportunidad?

Quiroga golpea suavemente la mesa con los nudillos. Su expresión se endurece.

—Porque una cosa es ponerse de acuerdo para vencer a un enemigo y otra muy distinta ponerse de acuerdo para gobernar después de la victoria. El Pacto nos permitió unir fuerzas contra los unitarios. Pero cuando llegó el momento de organizar la República, aparecieron las desconfianzas. Buenos Aires no quería comprometer sus rentas ni perder sus ventajas. Y Rosas decía que todavía no era tiempo de reunir un Congreso.

—Pero, General, si las provincias habían aceptado el principio federal, ¿qué faltaba discutir?

—¡Todo, señor! ¿Quién recauda los derechos de Aduana? ¿Quién dispone de esos dineros? ¿Quién representa a las provincias frente a las naciones extranjeras? ¿Cómo se organiza un gobierno común sin que Buenos Aires termine mandando sobre las demás? Usted cree que basta con declararse federal para serlo. Yo le digo que el federalismo no consiste en que cada gobernador mande en su provincia, sino en que ninguna provincia pueda mandar sobre todas las demás.

—Entonces, ¿el Pacto Federal fue una oportunidad perdida?

—Fue una oportunidad que no supimos completar. Nos pusimos de acuerdo para hacer la guerra, pero no para construir la paz. Y mientras sigamos postergando las leyes que deben unirnos, cualquier diferencia entre provincias terminará resolviéndose con las armas.

—General, permítame una curiosidad. En los tiempos de los que yo vengo, casi dos siglos después, esa disputa por las rentas que Usted menciona continúa y tiene otro nombre: la llamamos «coparticipación federal».

Quiroga frunce el ceño. Me observa como si acabara de pronunciar una palabra en una lengua desconocida.

—¿Copa… qué cosa?

—Coparticipación federal. Un sistema por el cual la Nación recauda determinados impuestos y distribuye una parte entre las provincias. Y le confieso algo: todavía discutimos cuánto le corresponde a cada una y quién se queda con la mayor tajada.

Quiroga deja escapar una carcajada ronca. Por primera vez desde que comenzó nuestra conversación parece divertido.

—¡Entonces han cambiado los nombres, pero no las mañas! Dígame una cosa, señor periodista: ¿y después de doscientos años todavía tienen que andar los gobernadores mendigando lo que les corresponde?

—Digamos, general, que algunos todavía deben viajar a Buenos Aires para negociar recursos con el poder central.

Quiroga sacude la cabeza y se acomoda en su sillón.

—Entonces, señor, me temo que ustedes han aprendido a escribir leyes mucho más complicadas, pero todavía no han aprendido a ser federales.

La conversación se interrumpe cuando un hombre se acerca discretamente y anuncia que la galera está preparada. Quiroga asiente con un movimiento de cabeza y recoge algunos papeles de la mesa. Afuera, los caballos resoplan impacientes.

—General, una última pregunta. Me han dicho que recibió advertencias sobre los peligros de atravesar Córdoba. Que hay hombres dispuestos a impedir que llegue con vida a Buenos Aires. ¿No sería prudente cambiar el itinerario?

Quiroga se incorpora lentamente. Su mirada vuelve a adquirir aquella dureza que me impresionó al conocerlo.

—He pasado mi vida entre hombres que querían matarme, señor. No será ahora cuando comience a tenerles miedo. ¿Sabe usted lo que ocurriría si Facundo Quiroga cambiara de camino por una amenaza? Mañana dirían que el Tigre de los Llanos se ha convertido en un gato asustado.

“(Al hablar de coparticipación asegura que) ¡Entonces han cambiado los nombres, pero no las mañas!”.

—Pero hasta los hombres más valientes pueden morir en una emboscada, general.

—Morir podemos todos. Lo que no podemos es vivir arrodillados ante el miedo.

Se acomoda el poncho sobre los hombros y camina hacia la puerta. Antes de salir, se vuelve hacia mí.

—Usted me ha hecho preguntas extrañas, señor periodista. Dice venir de un tiempo que todavía no existe. Si alguna vez regresa a ese futuro suyo, dígales que nosotros peleamos para que las provincias fueran libres. Lo que hagan después con esa libertad será responsabilidad de ustedes.

No encuentro palabras para responderle.

Lo sigo hasta el patio. Quisiera gritarle que no vaya. Que cambie de camino. Que todavía tiene cosas que decirle a esa República que no termina de nacer. Pero la historia tiene una crueldad que los hombres no podemos corregir: conocemos sus tragedias cuando ya es demasiado tarde para evitarlas.

Antes de subir a la galera, Quiroga se vuelve por última vez. Me observa con aquella mirada que parece atravesar a los hombres y sus intenciones y me dice:

—No ha nacido todavía el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga.

No respondo. Lo veo alejarse entre el polvo del camino, rumbo a una muerte que desconoce, pero que la historia ya tiene escrita.

El 16 de febrero de 1835, en Barranca Yaco, Santos Pérez y sus hombres demostrarán que hasta los tigres pueden morir en una emboscada.

Muchos años después, una leyenda contará que Facundo Quiroga fue sepultado de pie en el cementerio de la Recoleta. Como si aquel caudillo, que nunca había aprendido a inclinarse ante sus enemigos, tampoco estuviera dispuesto a hacerlo frente a la muerte.

Y acaso, si pudiera hablar desde las sombras de su sepulcro, repetiría con aquella voz áspera que todavía parece resonar entre los Llanos: —Para que después de muerto, sientan que todavía los estoy mirando.