8 noviembre, 2026

La guerra civil tucumana y el fusilado de Trancas

Dicen que cuando el apóstol Pedro vio que iban a ser arrestados, de inmediato echó mano a su espada, pero Jesús le advirtió: “Todos los que toman su espada, a espada perecerán”. Pasó el tiempo y aquella advertencia de hace más de dos mil años llegó hasta nuestros días con otras palabras, pero con la misma advertencia: “El que a hierro mata, a hierro muere”.

Y así es que aquella conocida frase vino a cumplirse por estas comarcas, más precisamente en Tucumán, hace apenas menos de dos siglos, cuando a don Bernabé Aráoz (1776-1824) se le dio por instaurar la efímera “República del Tucumán” en 1820, mientras en la vecindad se peleaba a sangre y fuego para evitar que las reiteradas invasiones realistas superaran Salta y arrasaran con Tucumán y Córdoba y no pararan hasta alcanzar Buenos Aires.

Como se sabe, don Bernabé Aráoz fue el primer gobernador intendente de Tucumán. Lo designó el director Gervasio Posadas el 8 de octubre de 1814, luego de desmembrar la Intendencia de Salta del Tucumán y crear, en plena guerra de la Independencia, un nuevo Estado con San Miguel de Tucumán, San Fernando del Valle de Catamarca y Santiago del Estero con sus jurisdicciones. Como esta decisión del centralismo porteño no satisfizo a Santiago, al año siguiente se rebeló el coronel Juan Francisco Borges, que al poco tiempo fue acallado por fuerzas de Aráoz. Pero como este levantisco militar volvió a tomar el poder de Santiago, a fines de 1816 las fuerzas del ejército de Belgrano lo sometieron y fusilaron.

Pero pese a esa actitud correctiva de Belgrano, su relación con el gobernador Aráoz no era buena. El general lo acusaba ante el director supremo de obstaculizar el auxilio que necesitaba el Ejército del Norte y por ello pidió en reiteradas ocasiones su remoción ante Pueyrredón. La gestión dio sus frutos en 1817, cuando don Bernabé fue reemplazado en la gobernación por Feliciano de la Mota Botello, razón por la cual el depuesto se retiró a la campaña, a meditar quizá sobre su futuro político y, obviamente, sin olvidar los “favores recibidos” de Belgrano.

El motín que devolvió a Aráoz al poder

A los dos años del reemplazo de Aráoz, se produjo un motín en Tucumán, en noviembre de 1819. Su cabecilla era el capitán Abraham González —oficial del Ejército del Norte—, quien, además de deponer al gobernador Mota Botello, lo tomó prisionero al igual que al general Belgrano, a quien, además, intentó engrillar. Y así fue que, curiosamente, tres días después, estos amotinados convocaron a un “amañado” cabildo abierto donde, íoh, casualidad!, eligieron gobernador a don Bernabé Aráoz (12-11-1819), quien en su gestión creó la “República del Tucumán”. Un singular Estado que duró apenas menos de un año (20/9/1820-8/1821), pero que, en la región y en el mismo Tucumán, causó perjuicios y daños irreparables.

De entrada nomás, Santiago del Estero se negó a ser parte de esa “República”, dando lugar a sucesivos enfrentamientos hasta que, años después, Santiago logró separarse de Tucumán. Lo mismo ocurrió con Catamarca, cuya rebeldía fue sofocada por fuerzas de Aráoz y que fue gobernada por un pariente suyo. Y con Martín Güemes, el gobernador de Salta, las relaciones fueron de mal en peor. El 23 de enero de 1821, el coronel Juan Felipe Ibarra, de Santiago del Estero, escribió a Güemes que, por estar obligado a defenderse de Aráoz, no lo podía ayudar: “Este acontecimiento inesperado —dice Ibarra— es el origen de no poder a V.S. remitirle el dinero de los azogues ni de dar curso a su venta. Este gobierno… reclama de V.S. los más vivos y eficaces auxilios para destruir este tirano que sin más atención que su ambición frustra todos los auxilios que podía remitirle al Ejército de su mando, para el progreso rápido de la Nación”.

Esta carta de Ibarra a Güemes y otros elementos hicieron que el gobernador de Salta tomara la decisión de invadir esa provincia y que el coronel Apolinario Saravia ocupara Catamarca luego de derrocar a Juan José de La Madrid, cuñado de Aráoz. Luego, un ejército de salteños y santiagueños se dirigió a San Miguel de Tucumán y exigió la renuncia de Aráoz. Fue entonces cuando se produjo el combate de “Rincón de Marlopa” (3/4/1821), donde Güemes fue derrotado por fuerzas de Aráoz comandadas por los coroneles Abraham González y el jujeño Manuel Eduardo Arias (1785-1822). Sus consecuencias fueron nefastas, ya que el ejército que Güemes debía organizar para luego marchar al Perú, de acuerdo con el general San Martín, quedó en la nada; en Salta, los enemigos internos de Güemes (Patria Nueva) aprovecharon su ausencia para deponerlo y, aunque el motín fracasó no bien el gobernador regresó a Salta, su ausencia había posibilitado que los realistas no solo avanzaran, sino que además ingresaran subrepticiamente a la ciudad con la ayuda de varios salteños e hirieran mortalmente a Güemes la noche del 7 de junio de 1821.

Fin de la “República”

Como dicen, el triunfo de Aráoz sobre Güemes en Marlopa fue “a lo Pirro”, ya que al poco tiempo sobrevino la anarquía que terminó con su “República” e impactó negativamente en la guerra de la Independencia, confrontación que hasta ese momento solo sostenía Salta con el gobernador Güemes al frente.

Por otra parte, fruto de la anarquía desatada en Tucumán, en septiembre de 1821, el ascendido general Abraham González, el mismo que había detenido a Belgrano y vencido a Güemes, derrocó a Aráoz, quien precipitadamente huyó al interior de su provincia. Pero don Bernabé no era de arrear así nomás, pues por cuatro veces más volvió al gobierno tras otras tantas asonadas, hasta que en octubre de 1822 comenzó su última gobernación. Luego de casi un año en el cargo, en agosto de 1823 fue derrocado por el general Francisco Javier López, un antiguo amigo y protegido suyo. Pero esta vez don Bernabé tomó el camino equivocado. En lugar de refugiarse como otras veces en la campiña tucumana, rumbeó para Salta, donde el gobernador Arenales lo hizo pillar y remitir a Tucumán. Allá fue recibido con los brazos abiertos por las fuerzas del gobernador López en Trancas y ahí mismo, sin miramiento alguno, lo enjuiciaron con escribano y todo. La sentencia fue terrible: condena a muerte por fusilamiento. La sentencia se cumplió el 24 de marzo de 1824 en Trancas, provincia de Tucumán.

López: el fusilador que terminó fusilado

Este militar tucumano nacido en Monteros fue el responsable del fusilamiento de don Bernabé Aráoz en Trancas. Ocupó cuatro veces la gobernación de Tucumán, sitial al que casi siempre llegó por audacia: de mayo a junio de 1821; entre julio de 1822 y noviembre de 1825; de febrero a abril de 1829; y entre diciembre de 1829 y febrero de 1831. Tras la disolución de la “República”, Aráoz y López se arrebataron mutuamente el poder durante un violento período anárquico. Eliminado Aráoz en 1824, López disfrutó de una calma chicha hasta que, en 1825, Gregorio Aráoz de Lamadrid le arrebató el gobierno con un audaz golpe de mano. Su intención —se dice— era arreglar cuentas por el fusilamiento de su pariente Bernabé. López intentó recuperar el poder, pero fue derrotado en La Ciudadela y huyó a Metán.

La agitada vida de López estuvo signada por la aventura y la violencia. En 1826 se sumó a la campaña contra Brasil y batalló en Ituzaingó y Camacuá. De regreso a Tucumán, en 1829 se hizo designar gobernador y, desatada la guerra civil tras la muerte de Dorrego, se incorporó a la Liga Unitaria del Interior. Las vicisitudes de aquel enfrentamiento lo llevaron a exiliarse en Tupiza, Bolivia, pero sus ansias de poder seguían intactas. En enero de 1836, junto con un sobrino y el coronel Segundo Roca, bajó de la Puna por Santa María, Catamarca, rumbo a Tucumán, dispuesto a tomar por asalto el gobierno. En San Miguel los esperaba el gobernador federal Alejandro Heredia, quien los derrotó y condenó a muerte. Solo salvó el pellejo Roca, padre del general Julio Argentino, pero López debió pagar su deuda con los Aráoz. El 24 de enero de 1836 cayó fusilado en la plaza Independencia de Tucumán. Se cumplía así aquella advertencia de Jesús a Pedro: “Quien a hierro mata… a hierro muere”.