1 noviembre, 2026

“Dr. Alfonsín… qué piensa cuando casi desaparecida a la Unión Cívica Radical?

"Dr. Alfonsín... qué piensa cuando casi desaparecida a la Unión Cívica Radical?

Año del Señor de 1983. En las calles de la Argentina se respira un aire distinto: el aire de una libertad recuperada tras largos años de sombra e incertidumbre. La voz del pueblo se ha expresado en las urnas y la República vuelve a ponerse de pie. Frente a mí se encuentra el hombre que ha encarnado la esperanza de millones, la figura central de una nueva era institucional. Un abogado de Chascomús, que recorrió el país prometiendo que “con la democracia se come, se cura y se educa”. En medio del bullicio de los festejos y la expectativa de un pueblo cansado pero esperanzado, nos tomamos un momento a solas con el doctor Raúl Alfonsín para reflexionar sobre el desafío más sagrado de su vida: reconstruir la democracia para siempre.

El hombre está en su despacho de la Casa Rosada, sentado en el Sillón de Rivadavia, acaso el símbolo más sagrado de la feligresía laica que profesa la fe democrática. No es muy alto, pero su estatura política sería significativa para los tiempos por venir.

Es afable y subraya cada frase bienvenida con una sonrisa amplia. Tiene los modos campechanos y sencillos de los hombres del interior. Movimientos pausados y una mirada profunda, firme, que denota ese espíritu de los hombres decentes.

– Doctor Alfonsín, al sentarse en este sillón y mirar por la ventana de este despacho… ¿Qué es lo primero que le pasa por la cabeza y el corazón al saber que sobre sus hombros descansa no solo un gobierno, sino el desafío del regreso definitivo de la democracia en la Argentina?

El hombre sonríe con calidez, mira sus manos y las acomoda sobre el escritorio tomándose un breve segundo de silencio antes de hablar.

-Mire… lo primero que uno siente es una profunda devoción por este pueblo. No es un triunfo mío, ni de la Unión Cívica Radical; es el triunfo de la gente que dijo ‘basta’ al autoritarismo. Sentarse acá impresiona, claro, pero más que el peso de la responsabilidad, siento una inmensa gratitud y la certeza de que este no es solo un cambio de gobierno: es el inicio de un período de cien años de libertad, paz y democracia para todos los argentinos.

– Sus palabras traducen una profunda esperanza, pero ¿Es posible conservar una democracia cuando una parte de la sociedad comienza a perder la fe en sus instituciones?

La sonrisa afable cede paso a una expresión seria y reflexiva. Inclina levemente el torso hacia adelante, marcando el ritmo de sus palabras con la mano.

– Mire, esa es la gran encrucijada de nuestro tiempo. Una democracia no es un edificio de bronce inalterable; la democracia es, ante todo, un acto de fe colectiva. Si la sociedad pierde la fe en sus instituciones, la democracia entra en una penumbra muy peligrosa.

Pero déjeme decirle algo: la culpa de esa pérdida de fe nunca es del pueblo. Es de los dirigentes cuando nos volvemos sordos, cuando convertimos a las instituciones en cáscaras vacías o en privilegios de unos pocos. La única forma de conservar la democracia cuando la fe flaquea es con más democracia, con más transparencia y con respuestas concretas a los problemas de la gente.

Las instituciones no se salvan solas con discursos; se salvan cuando el ciudadano común siente que el juez lo protege, que el hospital lo cura y que la ley es igual para todos. La democracia se defiende demostrando que es útil para la vida digna, no sólo para ir a votar cada cuatro años.

– Ahora…, Dr. Alfonsín, me permito una pregunta de tono profundamente político… el 30 de Octubre de 1983, ¿ganó Alfonsín o perdió el peronismo?

Dibuja una leve sonrisa, mezcla de pillería política y diplomacia, antes de adoptar un tono firme y meditado. Sabe que no puede herir susceptibilidades porque necesitará al peronismo para gobernar.

– Mire… si nos quedamos en la lectura pequeña del comité, se equivocarían profundamente. El 30 de octubre no ganó un hombre ni perdió el peronismo.

Lo que ocurrió fue algo mucho más grande: ganó la Argentina. Ganó una idea de país que le dijo ‘nunca más’ al autoritarismo y puso a la Constitución por encima de las facciones. El peronismo no perdió frente a Alfonsín; la dirigencia peronista de entonces no supo ver que la sociedad ya no quería confrontación, sino libertad y paz. Yo no me siento un vencedor sobre mis compatriotas, sino el depositario de un mandato para construir una patria donde no haya enemigos, sino adversarios democráticos.

– Sin embargo, doctor… sabrá usted que, 43 años después, continuamos discutiendo exactamente lo mismo: los límites del poder presidencial, la independencia judicial y el valor de las instituciones.

El hombre se queda en absoluto silencio y su mirada se fija en algún punto abstracto del escritorio. Suspira hondo, apoyando los codos sobre la madera, con esa mezcla de cansancio y sabiduría que siempre lo caracterizó:

– ¿Cuarenta y tres años…? Mire… eso me dice dos cosas, y ninguna es sencilla. Primero, que construir una cultura democrática lleva generaciones, no se hace de la noche a la mañana. Veníamos de una historia trágica de mesías, de salvadores de la patria y de fracturas recurrentes; no era fácil exorcizar fantasmas de décadas en pocos años.

Pero lo segundo, y lo que más me duele escuchar… es que la dirigencia política que vino después no estuvo a la altura del mandato ético de 1983. Si a más de cuatro décadas siguen discutiendo los límites del poder y la independencia de los jueces, es porque hemos creído erróneamente que la democracia es un punto de llegada y no una tarea cotidiana que se renueva todos los días.

El presidencialismo exacerbado, la tentación de someter a la justicia o creer que el poder no tiene frenos son debilidades de nuestra clase dirigente, no de la gente. Cada vez que un gobernante cree que el Estado le pertenece, la democracia flaquea. La República no se consolida debilitando los contrapesos, se consolida fortaleciéndolos, aun cuando a uno le incomode gobernar con control.

– Doctor, Usted nos prometió que con la democracia se comía, se curaba y se educaba. Cuarenta y tres años después, millones de argentinos siguen esperando sumidos en la pobreza, en la indigencia, ya también en la ignorancia. ¿Fue una promesa excesiva o una democracia insuficiente?

– Mire… esa frase… (Hace una pausa, tragando saliva). Esa frase me la van a recordar siempre, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Porque cuando uno le promete pan, salud y educación a un pueblo que viene de sufrir horrores, está contrayendo un pacto sagrado. Si ese pacto no se cumple en la mesa de los argentinos, la democracia, por más que tenga urnas y congreso, renguea, hace agua y se convierte en una frustración.

¿Fue excesiva la promesa? No, señor. Ninguna promesa de dignidad es excesiva para un ser humano. Lo que fue insuficiente, trágicamente insuficiente, fue nuestra capacidad como dirigencia para construir un sistema económico y social que estuviera a la altura de esa ética política. Nos sacamos de encima a los dictadores, sí, pero no pudimos -y a veces no supimos o no nos dejaron- sacarnos de encima a los poderes concentrados, a la especulación financiera y a la enorme deuda externa que nos ató de manos.

Pero le digo una cosa: la culpa no es de la democracia, es de no haber tenido la fuerza, la inteligencia y la unidad nacional para hacerla carne en el plato de cada familia. Y esa es una tarea que, si a nosotros nos faltó tiempo o coraje, la historia le exigirá a los que vinieron después y a los que vendrán.

– Doctor Alfonsín, Usted tuvo el coraje político de sentar en el banquillo de los acusados a los comandantes de la dictadura. Pero después, durante su propio gobierno, se sancionaron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que limitaron los procesos judiciales. ¿Cómo explica semejante contradicción? ¿No se arrepiente de eso?

Un silencio espeso, casi pesado, cae sobre el despacho.

– Arrepentirme… mire, la palabra arrepentimiento es fácil de usar desde la comodidad de los años, pero hay que estar en este sillón, con los cuarteles sublevados, con la democracia pendiendo de un hilo y con la amenaza latente de un nuevo baño de sangre, para entender lo que significaba gobernar en esos días.

Nosotros fuimos el único país de América Latina que juzgó a las Juntas Militares que habían usurpado el poder. Logramos el Juicio a las Juntas, algo que nadie creía posible. Pero la corporación militar estaba intacta, los carapintadas acechaban y el peligro de que la democracia naufragara antes de echar raíces era real, tangible, de todos los días.

¿Me duelen esas leyes? Claro que me duelen. Le aseguro que a ningún demócrata le gusta firmar una ley que ponga un límite a la justicia. Fue una decisión de pura necesidad política, una solución legal extrema para evitar que la locura vuelva a ensangrentar a la Patria.

– Doctor, -y esto es testimonial- una vez, cuando nos encontramos en el Concejo Deliberante de Salta, le hice una pregunta: “¿Por qué no hubo una verdadera reivindicación política de los Veteranos de Malvinas?”. Y usted me respondió, con un suspiro: “Y… no podía hacer otra cosa”. Nunca comprendí qué me quiso decir.

Sonríe con una mezcla de melancolía y ternura al recordar aquel paso por Salta, apoya una mano sobre el escritorio y su voz se vuelve un susurro íntimo:

– ¡Ah, Salta… qué linda provincia! Y qué recuerdo tan doloroso me trae. Mire… cuando le dije eso, le estaba hablando desde el fondo de una impotencia que muy pocos conocieron. Malvinas fue una aventura criminal de una dictadura que usó una Causa justa para perpetuarse. Los veteranos volvían silenciados por los mismos mandos que los mandaron a morir.

¿Por qué no pudimos hacer más? Porque los cuarteles aún estaban poblados por oficiales que justificaban la guerra, y cualquier intento de reivindicación profunda era visto como un ataque a la corporación militar. Gobernábamos sobre un polvorín. Los héroes de Malvinas merecían todo, pero la supervivencia de la frágil democracia nos ataba las manos y, a veces, la prudencia nos obligaba a mordernos los labios. Me dolió en el alma.

– Doctor, una última pregunta. ¿Qué piensa del hecho de que la Unión Cívica Radical prácticamente haya desaparecido como partido político, y paradójicamente a manos de sus propios dirigentes “radicales”?

Un silencio largo y denso se apodera del despacho. Apoya ambos puños sobre el escritorio, baja la cabeza un instante y, cuando vuelve a mirar de frente, se advierte una grieta de profunda amargura en sus ojos.

– Mire… que a la UCR la persigan los opositores o la combatan las dictaduras es algo a lo que estuvimos acostumbrados durante un siglo. Pero que a la Unión Cívica Radical la vacíen de contenido sus propios dirigentes por un cargo, por un acuerdo de cúpulas o por mero pragmatismo… eso no es una derrota electoral, eso es una traición a los principios.

El radicalismo no nació para ser un apéndice de nadie, ni para arrodillarse ante proyectos conservadores o autoritarios a cambio de un par de bancas. Nació como una doctrina ética, como la representación de las causas populares. Si un dirigente radical olvida que este partido existe para defender a los vulnerables, a la educación pública y a las instituciones republicanas, entonces puede quedarse con las siglas, pero ha dejado de ser radical.

Me produce un dolor infinito en el alma. Pero estoy persuadido de que los partidos centenarios no mueren por la flaqueza de algunos dirigentes de turno; las ideas de Alem, de Yrigoyen y de la democracia no le pertenecen a la dirigencia, le pertenecen al pueblo. Y tarde o temprano, la juventud volverá a levantar esas banderas cuando comprenda que sin ética no hay política que valga la pena.

Alfonsín se levanta lentamente y me extiende la mano. Mientras abandona el despacho, pienso que aquel 30 de octubre de 1983 los argentinos recuperamos la democracia. Cuarenta y tres años después, seguimos intentando aprender a merecerla.