Diego Bustamante: “Hace 20 años las comunidades pedían agua; y hoy capacitación”
El fundador de Pata Pila, Diego Bustamante, acompaña a más de 1.300 familias en situación de pobreza de 60 comunidades del norte salteño. En una entrevista con El Tribuno, habló sobre la situación social, los cambios en las comunidades originarias y el trabajo colectivo para enfrentar la desnutrición y generar oportunidades de desarrollo.
Durante años fuiste y volviste, hasta que un día te quedaste en Salta. ¿Por qué y cómo surgió?
Me pasaron varias cosas. Primero, el choque de las primeras veces que vine: es una cultura diferente, en una zona diferente, un ambiente muy diferente. Yo soy de Buenos Aires capital, y siempre que me volvía, me quería quedar. Algunos se quedaban, porque como los frailes tienen presencia en el norte, siempre algún joven se quedaba. Yo todo el tiempo estuve carburando mi deseo de quedarme en una vida sencilla, dispuesta a entregar por el otro tu tiempo, tu profesión, tus ganas. Hasta que llegó un momento en que fui creciendo y finalmente tomé la decisión. Me fui primero a Santiago del Estero, a Monte Quemado, y me instalé a vivir un año allá. Ahí aprendí buenas metodologías de abordaje de problemáticas sociales, sobre todo el tema de la nutrición. Después me vine al norte de Salta y finalmente me instalé en Yacuy, una comunidad guaraní cerca de Tartagal.
¿Cuándo fue eso?
A fin de 2014 me mudé a esta comunidad y ahí arrancó Pata Pila. No tenía bien claro qué ni para qué. Sabía que quería ayudar a la gente, que quería generar algún espacio comunitario donde se junte la gente a resolver los problemas entre todos. No ser el blanco salvador o la gente bien que ayuda a los pobres: eso, descartado. Nadie es salvador de la vida del otro. Yo quería aprender de ellos, compartir la vida y también ayudarlos un poco a resolver los problemas gravísimos que yo había escuchado.
“(La desnutrición) me generó mucho enojo con el sistema, con la política, con la vida, creo que esto es una responsabilidad de todos”.
¿Y lo lograste?
Sí, sin duda. No lo logré del todo, porque el territorio es gigantesco y las necesidades son muchas. Es inabarcable, ni para un ser humano ni para una ONG. Esto se trata de un trabajo colectivo. Por eso es tan importante el trabajo articulado con el gobierno de la provincia, el que toque, con toda la estructura del Estado, con el gobierno nacional, con el municipio, con el hospital, con la escuela, con el enfermero, con el cacique, con el presidente, con otras ONG. Es muy importante que uno articule las actividades en el territorio, porque eso presupone que entendiste que la realidad tiene que estar en el centro: la familia, el problema, el otro. No podés poner tus ganas de ayudar en el centro. Eso cambia mucho la dinámica de intervención.
“Hay muchas comunidades que todavía no tienen luz, todavía hay gente que vive con ramas y palos”.
En estos años Pata Pila construyó muchas cosas en el territorio. Hoy somos 100 personas trabajando. Tenemos centros que construimos en el norte, donde atendemos chicos con desnutrición o malnutrición y acompañamos a toda la familia en un proceso de muchos meses. Estamos construyendo una escuela en la frontera de Bolivia y Argentina, en Pozo Aráoz, con Educación y con toda la comunidad, que también se autoconstruyó la escuela. La parte colaborativa es muy importante, y después sostener, invertir, traer recursos. Las personas que te digo son nutricionistas, psicopedagogas, trabajadores sociales, médicos, técnicos apícolas, técnicos en huertas: gente que está en el día a día de las familias.
¿A cuánta gente llegan hoy?
Hoy estamos acompañando a más de 1.300 familias en 60 comunidades del norte de la provincia. Además, Pata Pila creció al Chaco y también en Mendoza, Entre Ríos y Buenos Aires, pero la mayor operación está en el norte de Salta. Ahí acompañamos a más de 1.200 niños y a sus familias. Tenemos apicultura, huertas, cabras, turismo comunitario, centros Montessori de educación para la primera infancia. Tenemos también centros de oficios, en una alianza muy buena con el Banco Macro y con Frigorífico Bermejo, en Pichanal. Ese centro no solo educa en oficios, sino que los certifica, y además tenemos toda una red de empleabilidad con empresas y con autoempleo.
¿Cuál es la situación actual en el norte de Salta?
Como en muchos lugares del país, la situación económica más acomodada en la macro, pero tan complicada en la micro, repercute muchísimo en la gente que ya está de
por sí cuatro o cinco pasos más afuera del sistema. A las comunidades siempre les va a costar todo más: falta agua, falta infraestructura, faltan caminos, falta movilidad. Hay muchas comunidades que todavía no tienen luz, todavía hay gente que vive con ramas y palos. Otras comunidades están mucho mejor. No es todo lo mismo: depende de si están en medio del monte, a la vera del río o cerca de las ciudades. Es muy, muy diferente.
Pero hoy particularmente a la gente le cuesta muchísimo. Depende de la asistencia del bolsón del gobierno, de la ANSES, de las changas más esporádicas. Por otro lado, las comunidades de hoy no son como las de antes. Tienen muchas más herramientas. La gente que fue joven hace 20 años se fue formando y hoy tenemos líderes y lideresas muy formados, mucho más empoderados. Hay más conectividad y mucho deseo de salir adelante. Hace 20 años te pedían agua por favor y comida. Hoy te piden capacitarse, internet, computadoras para aprender, herramientas de trabajo. Te piden aprender a salir adelante, a construir proyectos de desarrollo. Eso es un cambio.
Contaste que lloraste mucho por las muertes de muchos niños…
Cuando uno se mete en serio, siempre te empieza a pasar eso: te enterás mucho más de las cosas que pasan. En estos 10 años, no en estos últimos tiempos, me tocó acompañar a niños en situaciones muy graves. Hubo niños que perdieron la vida porque llegaron a una situación entre la desnutrición o la malnutrición y una diarrea, y se les explota el organismo y, pobrecitos, no pueden aguantar. Una cosa es enterarte, y ya te duele. Imaginate cuando conocés a la familia o sabés que es una comunidad que está al lado de las que vos acompañás. Todas esas situaciones para mí fueron muy límite. Me generaron mucho enojo con el sistema, con la política, con la vida, con la sociedad civil, porque creo que esto es una responsabilidad de todos. Son años y años y años de abandono, y en todo el norte pasa: en el norte salteño, en Formosa, en el Chaco, en Santiago del Estero, en partes de Misiones y también en otras partes del país. Lo que pasa es que yo conozco mucho más el norte argentino.
¿Eso sigue pasando hoy?
Pasa muchísimo menos. Hace tiempo que no pasa. La última vez que pasó mucho fue cuando se declaró la emergencia socio sanitaria, que ahí hubo una seguidilla de muertes. Gracias a Dios ahora está pasando menos, y tiene que ver con el resultado de la construcción multisectorial. No es que dejó de pasar por la intervención del gobierno, no. Está el gobierno, están las empresas privadas, están las comunidades muchísimo más empoderadas y toda la estructura de la sociedad civil.
¿Adoptaste siete hermanos, cómo fue?
Hace siete años, ya viviendo yo acá, tomé la decisión de presentarme a la justicia para hacerme cargo de siete hermanos que yo había conocido en Monte Quemado, Santiago del Estero. Habían entrado en un proceso judicial y estaban viviendo en un hogar de niños, pero yo ya los conocía. Después de cuatro años me decidí a ofrecerles si querían vivir conmigo, y la justicia me dio la tutela. Hace siete años nos mudamos. Por eso salí de Yacuy y decidí mudarme cerca de Buenos Aires, para que ellos se integren un poco a Buenos Aires, a otras oportunidades y también a mi familia. Hace siete años que me convertí en padre, madre y tutor, digamos, de siete hermanos. Cuando los conocí, el más chiquito tenía 2 y el más grande 14: Arielito y Willy. Cuando se fueron a vivir conmigo, Ariel tenía 6 y Willy 17, casi 18. Hoy Willy tiene 25 años y Ariel 13, y todos me sacan media cabeza, así que ellos me cuidan a mí.
Las comunidades tienen sus reglas, y a la vez están dentro de un territorio nacional con leyes. Muchas veces los funcionarios dicen que las comunidades reclaman, pero no permiten intervenciones. ¿Qué mirada tenés sobre ese choque de dos mundos?
Te diría que no hay verdades absolutas. Es compleja la intervención con las comunidades, como a las comunidades les es complejo trabajar con gente que viene de Salta Capital o que fue formada o educada con otro sistema mental. Las comunidades tienen sus idiosincrasias, sus jerarquías, sus costumbres. No hay que generar un cambio cultural para que vivan como vos querés que vivan. A las comunidades hay que respetarlas, y si realmente querés transformar una realidad que merece la pena ser transformada, tenés que transformarla desde adentro, con las comunidades. Lo que más reclaman es que las escuchen, que las hagan participar de los procesos, que las tomen en cuenta para las decisiones. Por muchos años se tomaron, como pasa en todos lados, políticas de escritorio, planes de desarrollo y de ayuda de escritorio, y así no se solucionan. Por lo menos eso es lo que yo entendí, y por eso me fui a vivir con la gente. Pata Pila arrancó a pensarse desde la realidad real de cómo se vive en las comunidades.
Ahora bien, hay gente que pone un poco más de trabas para avanzar, hay gente más complicada, como en todos lados. En las comunidades también. Pero en líneas generales, si uno aprende a escuchar, se pueden generar puentes para el desarrollo. Muchas veces los reclamos de las comunidades son muy fundamentados, y en otros casos están un poquito corridos y por ahí faltan a la verdad. Entonces hay que saber discernir. Y hay que poner en valor que hoy hay muchos espacios, mesas de gestión, donde está el gobierno y están las comunidades. Hoy el territorio está bastante intervenido. No es como hace 30 años, cuando era “a ver qué pasa en las comunidades”. Hoy se sabe perfectamente.
Te instalaste en una comunidad. ¿Cuánto tiempo viviste ahí y cómo fue esa experiencia?
Viví más o menos tres años y medio. Hacía base en Yacuy, pero me movía por todos lados: dormía en Santa Victoria, en La Puntana, en Dragones. Con el tiempo, a medida que Pata Pila fue pudiendo, armamos diferentes equipos que se instalaron en diferentes partes de la provincia para abordar determinadas zonas. Hoy Pata Pila tiene una intervención con diferentes ejes, equipos y presencias.
Para mí era muy emocionante, y lo sigue siendo, conocer a la gente. Siempre digo que es una pasión llegar a la comunidad, hablar con la gente, visitar, escuchar, conocer realidades diferentes. También te duelen muchas situaciones, pero también te entusiasma. Te encontrás con gente que tiene sueños, que tiene ganas de salir adelante, que te muestra cómo produce alimentos. Y te da esa sensación de decir: “Uy, con una motocultivadora va a poder producir el doble”. O: “Mirá, esta persona está produciendo miel, ¿cómo hacemos para que en vez de 10 cajones tenga 30, y para que pueda vender esa miel fuera del territorio?”. Es una mezcla: escuchás situaciones límite y de dolor que te revuelven el estómago y te dan ganas de resolverlas como sea, y también escuchás sueños, gente que quiere una máquina de coser. Yo, por lo menos, estoy enamorado de la gente, enamorado, y no voy a parar nunca. Hace 20 años que empecé a conocer, pero hace 11 que Pata Pila arrancó, y yo siento que esto es para toda la vida.
¿Qué sueños y proyectos tenés a corto plazo?
Sueños tengo muchos. Creo que Pata Pila es un sinfín de sueños: un gran sueño, pero también pequeños sueños. Nuestro equipo y yo nos supimos poner pequeños sueños. ¿Qué queremos? Que este grupo de mujeres wichí pueda juntarse en un espacio y vender sus artesanías: pequeño sueño. Que esta comunidad no tenga más chicos desnutridos. Que la escuela tenga un aula más. Así andamos, de pequeño en pequeño, y así vamos soñando.
¿En qué estamos ahora? Trabajamos para llegar a nuevas comunidades y detectar esos casos tan vulnerables que siempre hay en el territorio y a los que por ahí no estamos pudiendo llegar. También para fortalecer todas las cadenas productivas que hoy acompañamos, para que la gente pueda crecer y ganar plata fruto de su laburo. Esa es nuestra misión más fuerte de estos años. Y por otro lado, lograr que los demás proyectos que ya tienen seguimiento de casos de desnutrición o acompañamiento a niños puedan incorporar cada vez más la formación de oficios, porque creemos mucho en brindar herramientas para que las familias salgan adelante.
Qué mirada tenés sobre temas sensibles como el chineo, la violencia sexual contra las niñas…
El chineo es una práctica que se viene trabajando hace tiempo y que, por suerte, se empezó a hablar y denunciar. Hace tiempo que se puso sobre la mesa que eso es una violación y un abuso y que no se puede hacer. Creo que hoy los adolescentes y los jóvenes lo están entendiendo, pero eso no presupone que no siga pasando.
¿Por qué? Porque en contextos de tanta vulnerabilidad, de tanta pobreza, donde a veces falta educación, donde se cuela la droga, donde el alcoholismo toma la vida de los jóvenes, muchas veces estas cosas pasan, como pasan en las villas, como pasan en Salta, como pasan en Buenos Aires, como pasan en un montón de lugares. No pasa más en las comunidades que en otros lugares.
De cara al verano y con el tema del fenómeno de El Niño ¿cómo está la zona?
Ahora estamos todos preocupados. Yo además vengo de una zona del litoral, donde Entre Ríos y Corrientes también están en jaque. Así que acá, muy alertas. Por suerte hay muchos sistemas de alertas: hoy, en todo el Pilcomayo, hay un sistema donde todas las comunidades nos enteramos de cómo está el río en Bolivia y nos vamos avisando, así la gente se puede ir preparando. El gobierno tiene mucha presencia, está Defensa Civil, están los municipios. Te juro que hoy Starlink, internet, WhatsApp, cambiaron muchísimo la dinámica de cómo podemos abordar las situaciones. Como ya tenemos experiencia en otras inundaciones, creo que hay que estar muy atentos, porque dicen que esto puede pasar de un día para el otro, que te puede llover una barbaridad. No sabemos qué va a pasar, así que hay que prepararse.

¿Cómo colaborar?
“La gente lo puede hacer a través de la página web, www.patapila.org. Ser de Salta es mejor que en otros lugares porque queda cerca: acá es más fácil que haya voluntarios que viajen, gente que se sume a nuestros equipos, que pueda donar y mandar mercadería, ropa, leche, que juntamos muchas veces para darles a las familias. También pueden anotarse como donantes individuales, que ayuda un montón: poner una pequeña plata por mes ayuda a sostener la presencia de los profesionales”, señaló Bustamante ante la consulta de este medio, sobre cómo aportar un granito de solidaridad.

