Un mensajero de la paz social que no le teme a nadie
La visita de León XIV alegra a la mayoría de los argentinos, porque se lo asocia con un mensaje de paz y justicia, es decir, con el sueño eterno de los seres humanos. Por eso el papa es bien recibido por los católicos, practicantes o no, y también por los que participan de otros credos y por los no creyentes. Simplemente, porque la paz y la justicia hacen a la humanización del mundo y a la trascendencia de la vida y de las personas por sobre las ideologías y las ambiciones mezquinas.
Sucesor de Francisco I, el primer pontífice latinoamericano, León XIV, estadounidense por nacimiento, desarrolló gran parte de su carrera religiosa en las áreas rurales de Perú. En ese país, Francisco lo convirtió en obispo de Chiclayo, en 2015, y en 2023 lo convocó al Vaticano como prefecto del Dicasterio para los Obispos y lo eligió cardenal.
Será la tercera visita papal a nuestro país. Juan Pablo II vino en 1982, improvisadamente, durante la guerra con Gran Bretaña. Y volvió en 1987, con mucho más tiempo, y dejó, incluso, su huella imborrable en Salta.
Al emprender esta visita, León informó que, entre otras razones, responde a un pedido de Francisco, quien no pudo venir a la Argentina debido a que su agenda estuvo ocupada por prioridades más urgentes. A esto se añadían las tensiones que su figura generaba en la política local. Un papa no se debe a su país, sino al mundo. Es indudable que aquel sacerdote, que recorría Buenos Aires en transporte público y que conocía al país palmo a palmo, hubiera sido muy feliz volviendo desde Roma como jefe de la Iglesia.
Los dos, Francisco y León, compartieron el espíritu más profundo de la Doctrina Social de la Iglesia, columna vertebral del pensamiento católico desde 1891, cuando, con la encíclica Rerum novarum, el papa León XIII estableció la posición de la Iglesia frente a los cambios del mundo contemporáneo, en ese momento sacudido por la extraordinaria crisis social surgida de la revolución industrial en el siglo XIX y el crecimiento del comunismo como alternativa revolucionaria. A partir de entonces, los sucesivos papas reclamaron a los creyentes que se convirtieran en voceros de los marginados y los débiles, y que se comprometieran en la construcción de un mundo mejor.
Por eso, ningún gobernante debe esperar un discurso halagüeño del papa ni pretender obtener un rédito de su visita. León XIV viene por su propia voluntad y con el compromiso de transmitir su mensaje de fe y de caridad a un país cuyos serios problemas sociales conoce desde hace décadas.
Su tono es claro, sin levantar la voz. Cuando condenó los bombardeos de EEUU sobre la población civil de Irán, el presidente Donald Trump lo acusó de defender el plan nuclear de un Estado terrorista. La respuesta de León XIV fue categórica: “No tengo miedo a la Administración Trump… Seguiré hablando en voz alta contra la guerra”.
No tiene miedo a nadie. En Argentina, el papa no va a hablar de política, pero sus palabras interpelarán a los políticos. Como jefe de la Iglesia, va a defender derechos humanos básicos, como la salud, la educación pública, el salario digno y el empleo decente; va a recordar la obligación del Estado de proteger a los discapacitados y a los ancianos, y el deber de las instituciones de cerrar grietas y subordinar el poder al derecho.
Millones de personas acompañarán al papa en esta visita pastoral, que tendrá un momento de inmenso valor simbólico: su presencia en el Cottolengo de Don Orione, en Claypole, un hogar del conurbano profundo que desde hace un siglo alberga a centenares de personas extremadamente pobres e inválidas, la mayoría sin familia. Un signo viviente de la fragilidad y también de la grandeza humana.
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